domingo, 9 de noviembre de 2014

María y su extraña manía




 

María, María.
Yo la conocí.
Bueno, para ser sincera, he conocido muchas, pero hoy voy a hablaros de una con la que tuve el placer de coincidir  hace ya algunos años.

Lo que había vivido habría sido perfectamente adaptable al guión de una gran tragedia. Pero ella no lo vivía así. Por tanto no lo era.

María tenía muchos más de setena años cuando nos encontramos. Hermosa, fuerte, independiente, y me atrevería a decir con un cierto toque de bohemia. La vida le había dado dos hijos a los que tuvo que sacar adelante sola antes de los treinta. Años difíciles, vida difícil, pero no por ello dejo de ser plena.
Valiente y dura, pero con esa dureza tan sutil de las mujeres del siglo pasado, porque si la exhibían, las consecuencias podían ser….. eso, consecuencias.
 
Cuando nos encontramos se ocupaba de los mayores. Era un poco paradójico, porque ella era ya muy mayor. María visitaba residencias de ancianos para ver qué tal estaban aquellos a quienes nadie más que ella visitaba. Muchas de esas mujeres a las que veía regularmente, porque la gran mayoría eran viudas, eran menores que ella. Pero, María era así.

Ni que decir tiene que cuando detectaba un mínimo, que casi siempre era un máximo, sufrimiento o dejadez (ambos unidos) en alguna de sus visitas removía todo lo removible, incluidas algunas piedras, para todo cambiara. 

María era muy bella, coqueta sin cursilerías, valiente y leal. Perdió a su compañero muy joven y eso le produjo un dolor tan inmenso que nada ni nadie pudo arrancarle de las entrañas de su ser, ni siquiera esos dos niños preciosos, a los que aún hoy, más de cuarenta años después, seguía cuidando. Pero fue precisamente esta soledad tan temprana lo que le proporcionó la libertad de poder y deber tomar decisiones por sí misma.

 Una historia, como algunas otras

Un día me fijé en las manos de María. Yo ya imaginaba que serían manos fuertes, trabajadas, callosas. Y eso fue lo que encontré, pero además, hallé una gran cicatriz en la palma de su mano derecha.
¿Qué te pasó María? Y ella sonrió y con la paz y el sosiego que da la generosidad que la caracterizaba y  me narró la siguiente historia:
“Esta herida me la hice cuando tenía seis años. Mi padre ya estaba en la cárcel por rojo y mi madre luchaba porque mis hermanos y yo no pasásemos mucha hambre y frío en nuestro pueblo de Segovia”.
“Ese día estaba muy contenta. A mi prima se le había quedado chico un abrigo y me lo habían arreglado. Era gris, precioso, hasta tenía un cuellito como de piel. Me sentía genial con él, además de calentita”.
“De pronto, uno de los niños gritó ¡¡¡Qué vienen!!!!! Todos corrimos, pero yo me despisté y sólo me dio tiempo de agarrarme a una verja. Allí me encontraron. Eran varios, mayores y envalentonados, yo apenas tenía seis años y un abrigo recién estrenado heredado de mi prima mayor”.
“Tiraron de mí fuerte. Yo no quería soltarme de la verja. Había trepado tan arriba que había llegado hasta la zona en la que acababa con forma de lanza. Tiraron tanto de mí y yo me intenté asir tan fuerte que cuando caí casi se me veía el hueso de la mano.”
“Lo peor fue que cuando acabaron. Mi abrigo estaba deshecho, hecho trizas. Y yo estaba desnuda, helada, rodeada de nieve. Llegué a las puertas de la casa de los señores. La señora  me vio. Y les vio correr tras de mí. Dijo que me dejaran entrar y se cerró la puerta. Allí sabía que no iban a pasar. Me dejó quedar en silencio hasta la noche. Permitió llevarme la manta que me dio una de las criadas. Pero, desde que cerró la puerta hasta hoy no la he vuelto a ver”.
“Es verdad que me llevé la manta a casa, que nos vino bien, pero mi precioso abrigo quedó hecho jirones, tirado por todo el pueblo, sin arreglo. Era gris, con un cuello precioso”…

…María, no te curaron?

“Cuando llegué a casa, mi madre me llevó al médico del pueblo. Ya te he dicho que casi se me veía el hueso, pero dijo que me llevara a Negrín. Yo no sabía qué quería decir, pero mi madre primero le miró a los ojos, como sólo ella sabía hacerlo. Después, bajó la cabeza. Me acercó aún más a ella y apretó los dientes.”

“Hija, y como no me lo cosieron, quedó así, un poco feo, pero no me impide ir a ver a mis viejitas y pelear porque a ellas no les falte nada mientras que yo pueda”. Y sonríe como si lo que me ha contado fuese una anécdota sin más. Ella era así.

Y es que María, como la de la canción, tiene esa extraña manía de creer en la vida.

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